Hace tiempo nació un niño, menudo y bonito que era muy feliz. Ese niño creció, buscando de cuando en cuando las sonrisas perdidas entre las pisadas del gentío. Buscando entre rostros uno con el que sentirse querido.
Pasaron algunos años, ese niño menudo y bonito que era muy feliz, dejó de serlo para empezar a parecerlo. Su rutina era sencilla: colegio, casa, deporte, casa.
El niño empezó a destacar y a exportar por donde iba un halo de victoria. Todo lo que intentaba hacer casi siempre lo conseguía, ese niño parecía muy feliz.
Tras unos años más ese niño perdió su arraigo, cambió de sitio en el que llenar su cabeza con datos inertes y con ello perdió su nicho. Cuando más solo se encontraba ese niño escribía, ese niño que parecía muy feliz ya no lo parecía, sólo lo forzaba para que su entorno no se preocupara.
El niño empezó una nueva etapa, conoció nuevas gentes y probó nuevos sabores de la vida, mordió manzanas disfrutando de sus jugos prohibidos. Ese niño forzaba mucho ser feliz, pero no lo era.
Tras unos años ese niño creció y ya no era un niño. Se había esforzado tanto durante tanto tiempo parecer feliz que era lo que mejor se le daba. Seguía desprendiendo éxito aunque se sentía frustrado, empezó nuevos proyectos, cambió y los dejó. Empezando y equivocandose. Ese no niño pasaba más y más tiempo en casa, las gentes que había conocido se fueron y él se sentía encerrado en un hogar demasiado pequeño, quería huir e incluso intentó que le siguieran, pero nadie le quiso escuchar, nadie le quiso seguir, a nadie le parecía importar.
Pasaron unos pocos años más, ese no niño ya era un adulto que no se veía como tal, que no se sentía como tal. Su disfraz de éxito y felicidad ya estaba desdibujado y roto por el exceso de uso de todos los años, él estaba roto por sus excesos de los últimos años. El tabaco, el alcohol y su pantalla eran sus únicos acompañantes, él necesitaba una compañía que parecía tener, pero se iba desvaneciendo con los días que pasaban.
Ese adulto necesitaba chillar y pedir ayuda, pero no podía, aunque lo intentara los últimos retales de su máscara perpetua se lo impedían , se le colaban hasta el estómago atando sus emociones, impidiendo que escaparan más lejos de su garganta.
Un día ese adulto tuvo el valor suficiente para susurrar que necesitaba ayuda.
Ese adulto tuvo dos años jodidos, pero empezó a sacar la cabeza del pozo. Tras pastillas y terapias ese adulto empezó a parecerse a aquel niño que era muy feliz.
Ese adulto que se sentía como un niño volvió a escribir, con los dedos oxidados pero sin ningún disfraz bajo el que esconderse.
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